“Venceréis pero no convenceréis” —Miguel de Unamuno
Estados Unidos puede cambiar su estrategia y táctica pero deja siempre inalterables sus intereses nacionales. Así lo demostró, cuando sin hacer mucha bulla, amenazando o esgrimiendo armas, como lo hacía antes, impuso su voluntad rompiendo el eslabón más débil de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), Honduras. Ignorando todo postulado democrático, que supuestamente pregona desde los últimos 200 años, tiró a la basura los derechos humanos y los internacionales, y se olvidó de las promesas de apoyo al depuesto presidente Manuel Zelaya. Así, desoyendo los clamores de la resistencia popular hondureña y la opinión de la mayoría de los países del mundo, el Gran Patrón apoyó a los golpistas para celebrar unas elecciones presidenciales ilegales, y hoy Honduras tiene un nuevo lobo como presidente.
Esta vez no mandaron a los marines sino 800 contratistas de origen hispano de los servicios de inteligencia, así como un numeroso grupo de cubanos de Miami para “ayudar a evitar el desorden durante las elecciones”, lo que en realidad significaba amedrentar a la población. Y lograron, junto con 30,000 soldados y policías nacionales desplegados en las calles del país, imponer al supuesto ‘candidato de oposición al golpe de Micheletti’, Porfirio Lobo Sosa del Partido Nacional. Por supuesto que su hombre ganó, dicen que con el 61 por ciento de votos escrutados y que obtuvo el 55.9 por ciento frente al 38 por ciento del candidato de Micheletti, Elvin Santos del Partido Liberal. Lo que no dicen es que hubo gran abstención, entre 65 a 75 por ciento de los electores. Es decir, el pueblo no votó.
Ya se sabía esto, y también que Alan García y Álvaro Uribe, los presidentes que se disputan los favores del Gran Patrón, se precipitarían en reconocer las elecciones repitiendo instrucciones de Hillary Clinton, sobre la ‘utilidad de las elecciones para deshacerse de las dictaduras’. Costa Rica, Panamá, Japón e Israel confirmaron su fidelidad a Estados Unidos reconociendo también la legalidad de lo ilegal. Así Porfirio Lobo no podía no ganar, y la oligarquía hondureña lo festeja.
Hijo de prósperos terratenientes, y curiosamente ex miembro del Partido Comunista con preparación en la Escuela de Cuadros de Líderes Comunistas en la ex Unión Soviética se convierte en el privilegiado de EE.UU. Ya en 1980, cuando “Pepe”, como lo suelen llamar a Porfirio Lobo, renunció al Partido Comunista y se integró al Partido Nacional de extrema derecha, se sospechó que era infiltrado de la CIA. Nadie sabe si le guió la ideología o sus ambiciones personales, pero finalmente llegó a trepar la escalera del poder en Honduras.
Mientras tanto, el legítimo presidente de Honduras, Manuel Zelaya queda atrapado y sin salida en la embajada del Brasil en Tegucigalpa, traicionado por Barack Obama y por Hillary Clinton en quienes depositó sus esperanzas de justicia. No pudo percatarse a tiempo que el golpe de Estado, su destierro en Costa Rica e inclusive su retorno a Honduras para aislarlo fue planificado por el Gran Patrón, engañándolo con promesas de apoyo.
La oligarquía retomó el poder en Honduras pero el movimiento de resistencia también se fortaleció y la lucha seguirá mientras la injusticia y la pobreza estén dominantes. Los países del ALBA también están avisados de las batallas que les esperan.
Vicky Pelaez |
Vicky.pelaez@eldiariony.com
2009-12-01
El Diario NY
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jueves, 3 de diciembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
El ‘no se puede’ de Barack Obama

“Más vale un ‘toma’ que dos te daré”. —Refrán La esperanza de cambio que despertó
Barack Obama con sus 500 promesas durante su campaña electoral, se está desvaneciendo a velocidad cósmica y deja el conocido sabor amargo del cinismo, la característica principal de este siglo XXI. Después de casi once meses de ejercer el poder, sólo queda la retórica y los cambios están ausentes, al igual como todos los gobiernos anteriores Obama sólo sigue el curso trazado por los ricos y poderosos de siempre: el Wall Street y el Pentágono, de los cuales este presidente es solo su relacionador público.
Para iniciar las guerras se necesitó un presidente inculto con mensaje directo y lágrimas fáciles – así era George W. Bush. Pero para continuar las guerras que no se podrían ganar, y al mismo tiempo mantener las ganancias suculentas de Wall Street, mientras el pueblo se empobrecía más, se requería un presidente intelectual como Barack Obama, con capacidad de crear promesas hipnotizadoras, con sonrisa fácil y amigable que haría olvidar por un tiempo al pueblo la incertidumbre económica del país. Como dice el refrán, no importa el color del gato, siempre y cuando cace ratones.
El espacio limitado de este artículo no permite examinar todo lo que prometió Obama sino lo más importante relacionado con los hispanos y América Latina. No se cansaba de repetir Barack Obama en los primeros tres meses en el poder, que la Ley de la Inmigración sería la prioridad de su gobierno, sin embargo nada pasó, excepto que el Departamento de Seguridad Doméstica es más duro con los inmigrantes indocumentados.
Por supuesto que el presidente “no se entera de todo esto” por estar sumergido en los problemas de la recesión que durará, de acuerdo a los especialista hasta 2015 ó 2020, también por las guerras que de acuerdo al Pentágono, se prolongarán 50 años más.
América Latina no será una excepción. Como Estados Unidos está perdiendo su poderío económico, hará todo lo posible para mantener bajo su control al continente, como su último bastión. En este contexto, la promesa de Obama de iniciar “nueva era de relaciones con América Latina” el pasado mes de abril, trajo el golpe de Estado en Honduras y unos frustrados intentos de golpes en Bolivia y Paraguay. En Honduras, Washington ya se quitó su máscara de democracia, avalando las elecciones del golpista Micheletti a quien Norteamérica, según Obama, “nunca reconoció”.
En diez meses como presidente de EE.UU. este “Premio Nobel de la Paz” autorizó al Pentágono o el Pentágono lo hizo autorizar 12 bases militares en América Latina: siete en Colombia, cuatro en Panamá y una en Costa Rica. También la IV Flota recibió facilidades portuarias en el Perú. Y todo esto bajo la cínica retórica de la democracia, justicia y lucha contra el narcotráfico. De acuerdo al periodista Seymour Hersh, quien expuso la masacre de My Lai en Vietnam y torturas en Abu Ghraib (Irak), el Pentágono tiene acorralado a Barack Obama, igual como los tuvo a John Kennedy y Lyndon Johnson. Para los militares, dice Hersh, Obama es “débil y de un color equivocado”. Los fuertes son Hillary Clinton y el vicepresidente Joseph Biden. Mientras uno sonríe, otros muestran los puños.
Por eso, ni el pueblo aquí, ni toda América Latina, nada bueno debe esperar del Gran Patrón.
Fuente:
El Diario NY
Vicky Pelaez
2009-11-10
Vicky.pelaez@eldiariony.com
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Vicky Pelaez
martes, 30 de junio de 2009
El despertar de los ‘gorilas’ en Honduras

“Cuando más negra es la noche, más brillan las estrellas”. —Rosa Luxemburgo).
El golpe de Estado en Honduras es un baldazo de agua helada a todos los que creían que en el Siglo XXI globalizado ya no había espacio para el rugido de tanques tomando palacios y sacando a los presidentes de su cama en la madrugada como era costumbre en los años 1970 y 1980. Sin embargo, la realidad es diferente y el espíritu de los dictadores como Bordaberry, Videla, Viola, Banzer, Fujimori y por supuesto de Augusto Pinochet, sigue vivo entre los líderes castrenses latinoamericanos, todos formados en la tristemente famosa Escuela de las Américas. Ni siquiera toman en cuenta el final de Pinochet quien para evadir la justicia, tuvo que hacerse el loco defecando en sus calzoncillos. El poder y el sonido del dinero que les han prometen los oligarcas locales cumpliendo con las instrucciones norteamericanas, les hace olvidar el castigo que inevitablemente les llega.
En esos premios pensaba el general Romeo Vásquez Velásquez al desobedecer, primero, la orden del presidente legítimo Manuel Zelaya de repartir el material electoral para celebrar una encuesta sobre la necesidad de convocar la Asamblea Constituyente para elaborar la nueva constitución, y segundo, al convertirse en el ejecutor del golpe, detener al presidente, deportarlo y sacar los tanques contra el pueblo, apoyado por la oligarquía, el congreso, poder judicial, medios de comunicación, servicios de inteligencia y por supuesto el clero católico que por medio del monseñor Santos acusó al presidente de ser “diablo vestido de sacristán”.
Lo que aterrorizó a todos estos fue la idea de la nueva constitución, clamor del pueblo desde 2005 cuando fue firmado arbitrariamente el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, y que convirtió a Honduras en el tercer país más pobre de América Latina. Las protestas de entonces fueron brutalmente reprimidas, pero el pueblo votó por Manuel Zelaya que les prometió mejorar la vida.
El bonachón Zelaya no defraudó, y contra viento y marea aumentó el sueldo mínimo y creo el Programa del Fondo para los Pobres. Se unió a Petrocaribe para tener acceso a petróleo y gas barato, firmó contratos con Cuba por medicina genérica lo que hizo abaratar, en 90 por ciento, los precios de medicina impuestos por transnacionales.
Igualmente, se convirtió en miembro del ALBA solidarizándose con Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia.
Esto encolerizó al Gran Patrón y las corporaciones globalizadas que movieron su poder para detener los cambios. Aparentemente Hillary Clinton condenó el golpe y negó la participación norteamericana. Sin embargo, el prestigioso especialista estadounidense Mark. B. Rosenberg dijo ya en 1990 que en Honduras “el poder está concentrado en las fuerzas armadas y en la embajada norteamericana…Sin reconocimiento y aprobación de la embajada cualquier político encontraría muchas dificultades para llegar al poder”. Manuel Zelaya fue más tajante al declarar que “sin EE.UU. los golpistas no sobrevivirán 48 horas”.
Cuando se escribe esta columna, han pasado 24 horas del golpe y es difícil creer que el tibio Barack Obama haga algo. Mientras tanto el mundo repudia el golpe, y el pueblo hondureño desafía el toque de queda, apagones y las balas de los gorilas, declarándose en huelga permanente y exigiendo el retorno de Zelaya.
Por: Vicky Peláez |
El Diario
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Vicky Pelaez
viernes, 13 de febrero de 2009
Canto de la locura
Poesía en el tiempo, estación de libertades
Tengo un secreto vivo de ternura
Un pan sagrado y lento
Que no es para la boca
Un dulzor inviolado
Que hace danzar el camastro de la cárcel.
Francisco Matos Paoli
Canto de la Locura
El poeta sublimiza las contemplaciones contra el muro. El muro sigue manando sus sombras de existencia, se queda indiferente, repele todo acercamiento de la piel. El poeta se silencia, y es que un largo viaje se inicia en las manos, la escritura es una mano acertada contra la imagen pura y de sensación extemporánea. Hay un lugar en esa cárcel donde no existe una cárcel, o bien, un hombre gravita en el estigma de los versos, en el cisma de ver todas las cosas, que son posibles por la sed que no se conoce en la salud de la libertad y las calles abiertas. Llega, a traspasar el cadalso, y deja de respirar a la amargura. Aquí un hombre que es poeta único, ha domado la locura y sus aguijones, y hace alas de una locura que derrota a los psiquiatras. Una locura que tiene himnos, quetzales, fórmulas de color, yuxtaposiciones del sentido, alquimias entre el dolor y la belleza de la liberación encerrada, porque el estar loco, exiliado de la cotidianidad, el tedio, la ofuscación, se convierten en las más originales de las pulsaciones creadoras.
Los barrotes, el perímetro seco y delgado, la fuerte soledad que huele a cuchillo, que sabe a caos, a sordera de la luz y sus nombres, no puede someterle. Más allá del cauterio que arde hora tras hora, en los lugares del cuerpo, en los lugares de la cama ajada y marchita de reposo, existe un poder de espíritu, un hombre que, en la más hermosa vigilia del alma, su ciudadela-recordando al Gautama Sidharta-su flecha bendecida que traspasa todas las voluntades del miedo, la que zurce la voz para quedar impasible y en majestad de todos los hombres cuya libertad es hambre, es recuerdo del camino abrazado que no llega a los pies, por la ceguera del imperio y sus edecanes. Isabel Matos Freyre, su compañera, su aliada de todos los años y todos los mundos describe en Diario de un poeta el encuentro de aquel 4 de enero de 1955 junto a sus hijas Susana y Marisol:
“De pronto entró Paco con los brazos abiertos en cruz, buscándonos por la sala. No podía ver. Parecía el espíritu de su propia identidad. Delgado y pálido como un santo, se movía pausadamente por el ámbito. El pobrecito de la patria, la poesía y el amor emanaba el resplandor espiritual de un asceta. Sin camisa, con un pantalón raído cogido a la cintura con una leve soga. ¡Tan grande y humilde! Mi corazón se abrió en lágrimas. Cuando logró vernos, nos unimos los cuatro en un abrazo de júbilo y dolor.”
El dolor, como diría Rosario Castellanos en su máximo poema Lamentación de Dido; “¡Y qué otra cosa puedo ser más que dolor, ya me ha hecho eterna!” lo consume de manera invertida, no para morir, no para quedar encadenado en los múltiples reclamos del vacío, sino para iniciar un continuado nacimiento que ilumine a todos. Dolor a luminosidad. Dolor que se va con las palabras, con la simiente del nuevo testimonio poético. El hermano Francisco Matos Paoli sigue naciendo todos los días cuando se abre ante nuestros ojos el poema que provoque la creación y la iluminación. La poesía es oficio para crear luz, para verter luz, donde rompen los silencios, para denunciar echando mano a la antorcha invencible, lo que oprime, lo que sesga, lo que castiga sin aliento de justicia.
Hoy, muchos años después, bajo el signo del nuevo siglo, nos llega de la mano de Terranova Editores una nueva edición de esa sinfonía de la luz, el dolor, y la libertad llamada Canto de la locura. Una manera de traernos la poesía en sencilla inmensidad, y a la vez con la belleza de la savia pictórica. Con la edición y un estudio de Ángel Darío Carrero, otro de Mercedes López Baralt, la presencia de Antonio Martorell, Elizam Escobar y Rafael Trelles en la evocación de las figuras latentes de la pintura y la caligrafía, esta edición –en la que también participa Elidió Latorre como presidente de Terranova- lleva muy bien el propósito de traer a las nuevas generaciones y a los nuevos poetas, la obra de una de las grandes voces de nuestra literatura.
Nos parece que esta iniciativa debe continuar, que deben rescatarse autores como René Marqués (ahora desconocido por la vaga administración de su obra) Abelardo Díaz Alfaro (zozobrando en una sinrazón familiar, los dólares y los centavos), autores que tienen su camino libre, de la mano con los más destacados de Hispanoamérica.
Luego de este paréntesis necesario en la nueva coyuntura histórica que respiramos, vayamos al Canto de la locura de Francisco Matos Paoli. La galería fotográfica, es también poesía, en los modos de las edades del poeta. Su familia, su militancia política llevado del verbo de Don Pedro Albizu Campos, el discurso de la libertad, la confraternización poética desde Ernesto Cardenal, Pedro Pietri, Angela María Dávila, José Emilio González, Alfredo Bryce Echenique, Juan Antonio Corretjer o Pedro Mir.
“Ya esta transido, pobre de rocío, este enorme quetzal de la nada”. Aquí comienza el viaje, comienza la figuración de la llave exclusiva al pórtico del ser. Aquí el poeta deja su presencia terrenal, queda sólo en palabras, desnudo como toda luz próxima al alcance y queda, el espíritu en la soledosa explicación de su lenguaje y de su tiempo. Nada basta, ni el signo, ni el número del hombre, ni el mar, ni la misma esperanza. Sin embargo la demencia sólo puede traducir una poesía entre códigos, fulgor de ser contra lo nombrado y el pensamiento de unidad, o las constantes lamentaciones del camino recorrido. A la vez se anuncia la llegada de una música que sólo puede interpretarse en otro estadio mental, en otro estadio inmerso bajo el lenguaje de deslumbrantes meta metáforas, inmensas contraposiciones entre el bien y el mal, entre la huida de la divinidad, el recuerdo del amor, el viento del avatar, el abrazo del maestro libertador, y El Maestro Carpintero, Hijo de David.
No está, no camina, sólo observa, busca los vuelos que se le presentan en su mirada, como flogisto de un ángel futuro, pero amargo en las paredes del calabozo. Le azuzan constantemente respuestas perfectas del poeta que no ha escrito, y a su vez, la última curvatura del grafito contra el techo lacerado de otras lágrimas y sentencias. A su vez, el libro es la contemplación de todos los estados deseados de la libertad. Todas las libertades hacia una: El Pensamiento en Uno. Llegar a la totalidad sabiendo que sólo esa posibilidad se transparenta con la demencia, porque estar demente no es un dolor que destruye y hace el caminar tosco y ciego, sino que estar loco, verdaderamente loco (a la altura de Alonso Quijana, el bueno), es ser el demiurgo fiel a interpretarse en el corazón y en los dominios de la poesía.
Leer El Canto de la locura es vivir la esencia misma de los secretos y las verdades que los secretos inflaman con pasión y firmeza. La Cruz del Gólgota emancipa al pobrecito de la patria, lo redime, y lo hace presencia fuera de todas las oleadas del tiempo. Leerlo cada vez que la razón termina, es una virtud, porque ser poeta es sentirse en ese nuevo estado de luz de Saulo, una vez más camino a Damasco, cuando la luz tenía voz, y rasgo sin nombre y arrebató al profeta. Y para bien, existe la poesía, la verdadera, la que abre los caminos, soporta el tiempo y siempre refresca las nuevas libertades. De modo que Don Paco, como le decimos sus discípulos y amigos, nos deja la verdad del hombre unido a la poesía, o el otro indicio de luz en la palabra y las cosas:
Hace falta volver a la inocencia
Crear de la nada,
Sostenerse en un hilo
Volcar en los ocasos
Los puños encendidos
Hasta que la rosa sea estrella
Hasta que la estrella sea rosa.
(Canto de la locura, poema XVII)
Fuente: Mario Antonio Rosa/ ESPECIAL PARA EN ROJO
Tengo un secreto vivo de ternura
Un pan sagrado y lento
Que no es para la boca
Un dulzor inviolado
Que hace danzar el camastro de la cárcel.
Francisco Matos Paoli
Canto de la Locura
El poeta sublimiza las contemplaciones contra el muro. El muro sigue manando sus sombras de existencia, se queda indiferente, repele todo acercamiento de la piel. El poeta se silencia, y es que un largo viaje se inicia en las manos, la escritura es una mano acertada contra la imagen pura y de sensación extemporánea. Hay un lugar en esa cárcel donde no existe una cárcel, o bien, un hombre gravita en el estigma de los versos, en el cisma de ver todas las cosas, que son posibles por la sed que no se conoce en la salud de la libertad y las calles abiertas. Llega, a traspasar el cadalso, y deja de respirar a la amargura. Aquí un hombre que es poeta único, ha domado la locura y sus aguijones, y hace alas de una locura que derrota a los psiquiatras. Una locura que tiene himnos, quetzales, fórmulas de color, yuxtaposiciones del sentido, alquimias entre el dolor y la belleza de la liberación encerrada, porque el estar loco, exiliado de la cotidianidad, el tedio, la ofuscación, se convierten en las más originales de las pulsaciones creadoras.
Los barrotes, el perímetro seco y delgado, la fuerte soledad que huele a cuchillo, que sabe a caos, a sordera de la luz y sus nombres, no puede someterle. Más allá del cauterio que arde hora tras hora, en los lugares del cuerpo, en los lugares de la cama ajada y marchita de reposo, existe un poder de espíritu, un hombre que, en la más hermosa vigilia del alma, su ciudadela-recordando al Gautama Sidharta-su flecha bendecida que traspasa todas las voluntades del miedo, la que zurce la voz para quedar impasible y en majestad de todos los hombres cuya libertad es hambre, es recuerdo del camino abrazado que no llega a los pies, por la ceguera del imperio y sus edecanes. Isabel Matos Freyre, su compañera, su aliada de todos los años y todos los mundos describe en Diario de un poeta el encuentro de aquel 4 de enero de 1955 junto a sus hijas Susana y Marisol:
“De pronto entró Paco con los brazos abiertos en cruz, buscándonos por la sala. No podía ver. Parecía el espíritu de su propia identidad. Delgado y pálido como un santo, se movía pausadamente por el ámbito. El pobrecito de la patria, la poesía y el amor emanaba el resplandor espiritual de un asceta. Sin camisa, con un pantalón raído cogido a la cintura con una leve soga. ¡Tan grande y humilde! Mi corazón se abrió en lágrimas. Cuando logró vernos, nos unimos los cuatro en un abrazo de júbilo y dolor.”
El dolor, como diría Rosario Castellanos en su máximo poema Lamentación de Dido; “¡Y qué otra cosa puedo ser más que dolor, ya me ha hecho eterna!” lo consume de manera invertida, no para morir, no para quedar encadenado en los múltiples reclamos del vacío, sino para iniciar un continuado nacimiento que ilumine a todos. Dolor a luminosidad. Dolor que se va con las palabras, con la simiente del nuevo testimonio poético. El hermano Francisco Matos Paoli sigue naciendo todos los días cuando se abre ante nuestros ojos el poema que provoque la creación y la iluminación. La poesía es oficio para crear luz, para verter luz, donde rompen los silencios, para denunciar echando mano a la antorcha invencible, lo que oprime, lo que sesga, lo que castiga sin aliento de justicia.
Hoy, muchos años después, bajo el signo del nuevo siglo, nos llega de la mano de Terranova Editores una nueva edición de esa sinfonía de la luz, el dolor, y la libertad llamada Canto de la locura. Una manera de traernos la poesía en sencilla inmensidad, y a la vez con la belleza de la savia pictórica. Con la edición y un estudio de Ángel Darío Carrero, otro de Mercedes López Baralt, la presencia de Antonio Martorell, Elizam Escobar y Rafael Trelles en la evocación de las figuras latentes de la pintura y la caligrafía, esta edición –en la que también participa Elidió Latorre como presidente de Terranova- lleva muy bien el propósito de traer a las nuevas generaciones y a los nuevos poetas, la obra de una de las grandes voces de nuestra literatura.
Nos parece que esta iniciativa debe continuar, que deben rescatarse autores como René Marqués (ahora desconocido por la vaga administración de su obra) Abelardo Díaz Alfaro (zozobrando en una sinrazón familiar, los dólares y los centavos), autores que tienen su camino libre, de la mano con los más destacados de Hispanoamérica.
Luego de este paréntesis necesario en la nueva coyuntura histórica que respiramos, vayamos al Canto de la locura de Francisco Matos Paoli. La galería fotográfica, es también poesía, en los modos de las edades del poeta. Su familia, su militancia política llevado del verbo de Don Pedro Albizu Campos, el discurso de la libertad, la confraternización poética desde Ernesto Cardenal, Pedro Pietri, Angela María Dávila, José Emilio González, Alfredo Bryce Echenique, Juan Antonio Corretjer o Pedro Mir.
“Ya esta transido, pobre de rocío, este enorme quetzal de la nada”. Aquí comienza el viaje, comienza la figuración de la llave exclusiva al pórtico del ser. Aquí el poeta deja su presencia terrenal, queda sólo en palabras, desnudo como toda luz próxima al alcance y queda, el espíritu en la soledosa explicación de su lenguaje y de su tiempo. Nada basta, ni el signo, ni el número del hombre, ni el mar, ni la misma esperanza. Sin embargo la demencia sólo puede traducir una poesía entre códigos, fulgor de ser contra lo nombrado y el pensamiento de unidad, o las constantes lamentaciones del camino recorrido. A la vez se anuncia la llegada de una música que sólo puede interpretarse en otro estadio mental, en otro estadio inmerso bajo el lenguaje de deslumbrantes meta metáforas, inmensas contraposiciones entre el bien y el mal, entre la huida de la divinidad, el recuerdo del amor, el viento del avatar, el abrazo del maestro libertador, y El Maestro Carpintero, Hijo de David.
No está, no camina, sólo observa, busca los vuelos que se le presentan en su mirada, como flogisto de un ángel futuro, pero amargo en las paredes del calabozo. Le azuzan constantemente respuestas perfectas del poeta que no ha escrito, y a su vez, la última curvatura del grafito contra el techo lacerado de otras lágrimas y sentencias. A su vez, el libro es la contemplación de todos los estados deseados de la libertad. Todas las libertades hacia una: El Pensamiento en Uno. Llegar a la totalidad sabiendo que sólo esa posibilidad se transparenta con la demencia, porque estar demente no es un dolor que destruye y hace el caminar tosco y ciego, sino que estar loco, verdaderamente loco (a la altura de Alonso Quijana, el bueno), es ser el demiurgo fiel a interpretarse en el corazón y en los dominios de la poesía.
Leer El Canto de la locura es vivir la esencia misma de los secretos y las verdades que los secretos inflaman con pasión y firmeza. La Cruz del Gólgota emancipa al pobrecito de la patria, lo redime, y lo hace presencia fuera de todas las oleadas del tiempo. Leerlo cada vez que la razón termina, es una virtud, porque ser poeta es sentirse en ese nuevo estado de luz de Saulo, una vez más camino a Damasco, cuando la luz tenía voz, y rasgo sin nombre y arrebató al profeta. Y para bien, existe la poesía, la verdadera, la que abre los caminos, soporta el tiempo y siempre refresca las nuevas libertades. De modo que Don Paco, como le decimos sus discípulos y amigos, nos deja la verdad del hombre unido a la poesía, o el otro indicio de luz en la palabra y las cosas:
Hace falta volver a la inocencia
Crear de la nada,
Sostenerse en un hilo
Volcar en los ocasos
Los puños encendidos
Hasta que la rosa sea estrella
Hasta que la estrella sea rosa.
(Canto de la locura, poema XVII)
Fuente: Mario Antonio Rosa/ ESPECIAL PARA EN ROJO
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